jueves, 30 de septiembre de 2010

A propósito del FICIB

Las canciones son un misterio. Si he de aceptar alguna brecha metafísica, prefiero esa incomprensible mezcla de música y letra que te aleja o te acerca. Un botón de play puede hacer de máquina del tiempo, regocijarte en un útero salvador, puede darte una patada de adrenalina en el trasero, puede asquearte del mundo. En cualquier lugar te pueden exorcizar intempestivamente, basta estar dentro de un bus o pasar por una esquina, y alguna cursi canción te saca de la ropa; después te montás en un taxi y otra indigerible, digamos, de Johnny Rivera, te saca del carro.
          —Señor, ¿le baja por favor a la música? –le digo al taxista de la manera más delicada, y responde complaciente.
          —Ah, ¿no le gusta de esta? –y me cambia el dial a otro que reza: metelo papi, metelo –esa sí le gusta?
          —Sí, déjela ahí. –digo resignado.
Qué le digo a este tipo, ¿Que si no conoce a Serrat, a Atahualpa, a Geddy Lee? Qué los va a conocer, y si los conociera tampoco le gustaría, cada quien llena su cesto con las mentiras que quiera para amasar sus verdades. Las canciones son mentirosas, un artilugio que busca desesperadamente agradar con risas o llanto. Los compositores y/o cantantes no las crean con algún fin altruista –el que se infiere-, cada uno quiere la gloria personal, poner la bandera con su nombre en lo más alto. Y vos tomás ese regalo, porque de todas maneras es un regalo –le aconsejo que lo acepte–. En el mejor de los casos te hace sentir una tristeza que no tenías, o te pone palabras en la boca, o te saca de rumba a bailar en la Alborada del Diablo.
Me gusta la música de los ochenta. No toda, pero casi todos los hits melosos. La escuchaba en secreto para no ser mirado mal por mi selecto grupo de amigos melómanos. En todo ese postre de música de mi adolescencia, la ochentera, era la cereza en la punta del helado. Cuando los pajazos eran enamorados y nunca pensaba que orión fuera a pasar más de cuarenta veces por mi cabeza, mirando cómo me pasaba la vida. La cereza a esa edad gusta más. Ahora miro con mi inglés de Intermedio I del Sena, las canciones. Si se quiere dar la cuchillada final a estas, tradúzcalas. Pero cada generación se encarga de ridiculizar a la anterior. No se preocupen jóvenes que ser anacrónico es cuestión de tiempo.
Y es que las canciones casi siempre hablan de lo mismo: XX y XY, o al revés; de vez en cuando explotan los juegos pirotécnicos de la poesía, o bienvenida sea, la filosofía, y entonces amasamos una verdad a favor nuestro, otra mentira con música y palabras que busca, a la velocidad del sonido, montarnos en una máquina de tiempo, donde el tempo se puede detener.

martes, 24 de agosto de 2010

Una leyenda del rock

El recuerdo lo perdona todo, o casi todo. El tiempo da espacio para ver las flores que salieron de la mierda. El pasado, el que no se cambia a menos de que se invente, se vuelve un lugar virtual que visitamos con la engañosa memoria. Voy a referirme a una época en que como pocos, fui estrella de rock. Guardando las escalas, estuve detrás de una leyenda viviente, chupando rueda del carro destartalado de su fama. Y ahí sí como dice mi amigo Rafa: “modestia apártate”, en cabeza mía tuvo este personaje un segundo aire. Entonces yo, que no me creo nada, les digo, fui una estrella de rock, del heavy metal, el que detesto. Ahora a cuatro años de dejar de serlo vienen a mí los ecos, pitos en el oído que quedan después de dar un concierto. En el canal público de televisión Señal Colombia, hacen un programa del cual ya me siento excluido, se llama La Sub 30, sin embargo allí está la leyenda viviente que está a punto de cumplir cincuenta años. No es Michael Jackson, es Elkin Ramírez, el líder de Kraken, la Leyenda del Rock, el motivo por el cual fui estrella. Tiene gafas negras y habla desde arriba, desde las alturas de la montaña negra de donde se desprenden como rocas las palabras de los maestros, aplastantes verdades.

En el año 1998, después de dejar la agrupación Sol Mayor donde hacíamos una música algo experimental, formamos una banda de rock, ya era hora de triunfar. Mandrágora se llamaba este grupo donde la voz líder era un excelente cantante de boleros y los demás unos individuos poco convincentes en escena. Sonaba bien, eso sí. Buenas canciones propias y algunos hits del rock traducidos al español. De un concierto de esta banda salió la invitación para la gran banda, “El Titán” como le dice Elkin. A Luis Guillermo Ramírez le gustó como le daba a los tarros. Este excelente bajista con pinta de Geddy Lee fue mi puente para entrar en la legendaria banda que al parecer cambiaba más de integrantes que de pasajeros un bus. A Luis lo convocó Juan Esteban Echeverri, para mí, el mejor guitarrista del rock en Colombia. Este andrógeno personaje fue elegido por Elkin, el elegido, para ensamblar la desarticulada banda que se dispersó después del Kraken V. Nos reunimos en La Villa del Aburra, una plazoleta donde se hace la rumba rockera de Medellín: la más barata. Allí conocí a Elkin, aunque ya lo escuchaba desde que Julián mi hermano, me lo puso en el equipo: “Todo hombre es una historia” y después de ese primer encuentro en mi adolescencia me lo volví a encontrar cuando compartimos tarima, primero en el instituto Luis amigo y más tarde en la plaza de toros de La Macarena. Yo tocaba en la banda de Harold Dávila. Me parecía un tipo admirable y me hubiera gustado trabar una conversación en uno de esos encuentros, pero a mi timidez le gana la falta de interés. Ese día en la Macarena también tocaba el ídolo actual: Juanes. Justo escuché de los radios de los organizadores que acababa de morir su papá y estaban preocupados porque tal vez la noticia echaba por el suelo el número más esperado de la noche. El artista salió a cantar y a brincar igual, qué admirable. Elkin hubiera hecho lo mismo. A los artistas no les duele nada, es puro cuento.

Allí en la plazoleta está parado como se para siempre: erguido en sus dos piernas con un ángulo de treinta grados, cruzado de brazos, estirando el cuello a lo que dé, con las gafas negras y el cabello al viento, como si tuviera un ventilador gigante y estuviera posando para la Rolling Stone: “La actitud viejito”, solía decir.

—¿Somos capaces de estar parados en veinte días en Rock al Parque?

“Claro, claro”, decíamos todos entusiasmados, ¡por fin la fama carajo!

Empezamos a ensayar con el propósito de montar cinco canciones. Era lo que necesitábamos para participar del evento más importante de rock del país. Cada grupo tenía media hora para intervenir. Luis desistió por su agenda en la universidad, yo me encargué de recomendar a John Dayron, mi amigo, el bajista de Sol Mayor. Y sí pudimos. Recuerdo la media torta repleta de gente, y toda la montaña que le sigue cuando acaba la gradería. Estaba mirando desde la puerta que lleva a los camerinos la masa de gente que se movía como un mar embravecido al beat de los fieros compases de una banda argentina: Animal. Y qué animales para sonar. Seguíamos nosotros. Para agravar mí estado de nervios, pesimismo y el susto por cagarla, cuando se bajo Animal, el baterista se fue con el pedal del bombo, era suyo. Claro, yo era el único baterista que no había llevado pedal, casi no me encuentran uno y hasta que no estuviera listo no anunciaban la banda. En escena desesperados ya se hallaban listos mis compañeros. Elkin esperaba en el camerino el llamado. “¡Con ustedes: Krakeeeen!” y rugió el océano, el público era nuestro, ¡digo nuestro: de Elkin! Salió el artista y me transmitió confianza. “Este sabe lo que hace”, pensé y empezó el frenético concierto con la gente cantando a rabiar las canciones. Yo, que ya tocaba duro la batería, desde ese momento de euforia empecé unos baquetazos que amenazaban paralizarme el brazo izquierdo con que azotaba el redoblante. Cada que empezaba una canción era como si me zambullera en una piscina: no escuchaba nada, no respiraba; se distorsionaba el tiempo. Salía a la superficie a escuchar los aplausos. Salió perfecto. Qué sensación montarnos en nuestra van seguidos de decenas de fanáticos, y fanáticas. El precio de la fama compañero. Estábamos felices, hacía cinco años Kraken no aparecía en escena en Bogotá y esta fue una salida digna. Elkin agradecía nuestro compromiso y nosotros la oportunidad. Yo había estado ya una gran cantidad de veces en un escenario, pero nada como esto.

Después de este concierto empecé a estrechar lazos con Elkin. Bebíamos juntos después de los conciertos y en varias ocasiones recorríamos bares por Medellín. Por su fama, no pagábamos nada, a nuestra mesa llegaban botellas de tequila y de whisky. También llegaban mujeres, se sentaban con nosotros a charlar. Me sentía tonto ante la tontería. Elkin le tapa los ojos a una fan que está en nuestra mesa.

—¿Qué ves? –Pregunta con seguridad, casi con desdén.

—-…nada –responde la fan después de titubear.

—¿Y ahora? –pregunta después de alejar la mano.

—La palma de tu mano –responde dudando si es la respuesta correcta.

—¿Ves? ¡Estaba tan cerca que no la viste! –concluye.

Quedábamos asombrados, pura filosofía. “No vivas para ser por temor la presa de otros sueños, se vive una vez para ser eternamente libre, libre” Predica el maestro en su canción. Yo veía un hombre luchador al que la gente le daba la espalda injustamente. Me contaba de los tiempos en que aguantó hambre, abandonado por los miembros de la original banda; de cómo lo habían estafado otros y se habían ido hablando mal de él cuando este les había dado sus quince minutos de fama. Yo me sentía su salvador y mejor amigo. A Juan lo había desplazado porque en un concierto en un bar de Bogotá, el guitarrista sacaba la lengua y llamaba la atención con sus atuendos. Esa misma noche antes de irnos a dormir me dijo que lo sacaba de la banda y tanto insistí que no, que lo dejó. “A mí no me gustan las estrellitas”, decía al ver que Juan se llevaba las más hermosas mujeres; que ya se hacía a una fanaticada. Yo defendía a Elkin ante los malos comentarios que circulaban en la ciudad, “cargados de envidia, atacando la dignidad y la independencia del rock nacional”, qué palabritas las mías. Hasta Harold, mi amigo de tantos años, al que le producía sus discos, se puso celoso al verme entregado en cuerpo y alma al Titán.

Luis volvió al bajo cuando despidieron a Dayron (junto con Milton, el teclista, único músico que quedaba de la anterior conformación) después de un concierto en el auditorio de ADIDA en Medellín. “No tienen actitud, se paran como unos bobos”: argumentó Elkin remedándolos. Yo metí a David, mi socio, a los teclados. Adonde yo iba lo llevaba. Ya hacía con Kraken el sonido de los monitores en concierto, además muy gentil él, nos facilitaba la casa para ensayar. Así ya estaba formada la banda que estuvo durante seis años recorriendo el país y visitando dos veces a Ecuador y una a Venezuela. Fui estrella de rock y como tal tuve las ventajas de esta tonta posición. Cuántas mujeres conocí al sonsonete repetido del heavy, el estúpido rock. Después de cada concierto viene la rumba y en los bares éramos cazados sin oposición

Seis meses después del ingreso a la banda, me enfrasqué en el disco que compuse con el líder: Una Leyenda del Rock. A mi casa llegaba Elkin, nos encerrábamos en mi pieza a trabajar las ideas que tenía en la cabeza. Acompañado de fuertes golpes en el pecho simulaba el riff de una guitarra: “¡Chan, chan, cha!” Levantaba la mano como en concierto, imitando el clamor del público: “¡JJJJJJ! ¿Ya me entendiste?”, preguntaba exaltado, y yo, “¡Sí! ¿Qué tal esto?”, le mostraba en la guitarra una idea distinta. “¡Ya me entendiste!”, decía contento, y así entre onomatopeyas fue saliendo El Idioma del rock. En un inglés como el que yo transcribía de las canciones a mis trece años, me dictaba melodías: Li ru lai, li ru flai, a lonli flai. Armamos el disco, cinco canciones nuevas, cinco reencauchadas. Hice toda la producción en mi computador y a la banda le gustó. Se grabó tal cual. En el estudio el Pez se hicieron las sesiones, David se encargó del sonido al lado de Carlos Iván, el encargado del sonido en vivo. Ahí estoy en la foto del disco, más maricón no puedo estar. Todavía tenía pelo, lucía una chaqueta prestada que no me gustaba, se me ve una melancolía de niña. Claro que ninguno se escapa, a Juan esteban se le salió su feminidad; David se parece a pablo Escobar y Luís a un rockero marginal de la ciudad, con su protuberante nariz y las exageradas orbitas de sus ojos. Elkin fue el que mejor salió, con todo el orgullo, “la actitud viejito”.

Pues pegamos una canción en el país. Frágil al viento, una hermosa balada. Entonces empezó la gira del grupo por las principales ciudades. Localidades llenas fue el panorama general y lo más importante, Kraken se estaba llenando de admiradores jóvenes, ya no solo estaban los viejos rockeros que lo acompañaban desde que nació la banda. Recuerdo la primera vez que sonamos Frágil al viento en el Jorge Eliecer Gaitán y los gritos del público con los primeros acordes. El hermoso ego me erizo la piel cuando lanzaba mis baquetazos orgullosos: ¡Aquí estoy yo! Triunfando ante la turba, gracias Elkin. Este me agradecía en cada borrachera, era su salvador.

Elkin se apodera del escenario como pocos. La gente lo ve como un profeta con sus letras libertarias, enseñando un camino, un guerrero con la espada de la verdad y el escudo contra los detractores: cualquier otra idea. Para los conciertos se consiguió una gran silla de madera. Cuando nosotros nos montábamos al escenario allí estaba. Empezaban a tronar los parlantes y el loco salía a tarima con una capa, en su mano una espada. Se sentaba en su trono que por debajo tenía un poderoso reflector. Los músicos nos mirábamos con extrañeza. La gente se enloquece con “el ser de luz”, como escuchaba hablar a los tontos oyentes. “El poeta que canta”: “La vida es ruleta en cosas de azar” ¿…? “Confronta y enfrenta, proverbio del templo mayor” ¿Cuál templo mayor? ¿Hay otros menores? ¿Y el sacerdote sos vos? Cuando escribía los textos del disco que hicimos yo metía la cucharada para que quitara algunos axiomas, porque de eso están hechas esas canciones. En algunas me hizo caso.

Por esos días empecé mi noviazgo con Andrea y la llevé para que conociera a Elkin en un bar del centro. Andrea no le paró ni cinco de bolas, ni siquiera cuando este le entregó un dibujo, fruto de toda la velada: una pareja, ella y yo, con un mensaje: los mejores deseos para los dos. No hay cosa peor para Elkin que ser ignorado. En Abbott & Costello, reconocido bar rock de Bogotá, luego de un concierto, estaba Elkin borracho solo en una mesa, como le gusta estar, esperando qué le cae a la muela. Al rato me fue a buscar al verme hablar con una mujer.

—Alejito, cuídate de esa mujer, es una puta –me decía en tono protector.

La encantadora y enojada mujer me explicaba después, que el señor se enfureció porque no se lo quiso dar.

Después del desplante de Andrea, en un viaje a Pereira, me preparó para decirme algo muy importante. Su clarividencia es arriesgada, como un deportista extremo que se tira del avión sin paracaídas. Cerró los ojos y me tomó de la mano.

—Alejo, tu novia es hija única, es huérfana de padre y te engaña con dos amantes.

Yo lo miraba con estupor, ¡es adivino! ¡Pero no cogió ni una! O si atinó en la última, se le daña la efectividad con las otras. Yo no sabía si reírme o mandar pa la mierda a esta estatua de cera que se desmoronaba al calor de la sensatez. Opté por callar.

En el programa de La Sub 30 sigue hablando. Que el arte; que no es fácil la contra cultura; que él sigue cultivándose, leyendo. Me acuerdo precisamente lo que venía leyendo ese día de las adivinanzas a mi nena: Mi vida secreta, de Uri geller. Y es que lee este tipo, en otra ocasión dejaba ver un libro en su maleta: Yo estuve en Ganímedes.

No he mencionado en este relato a un importante personaje difícil de desligar al líder. Martín, es el manager. Un tipo con pinta de Pitbull, diente de oro y cadenas de plata que se pierden en la mata de pelos del pecho; en las manos anillos y pulseras vistosas. Un lacayo de Elkin. Me miraba atentamente cuando hablaba el maestro sus risibles relatos. Esperaba mi reacción, se hacía matar por su jefe, no contradecía una pizca sus palabras.

—¿Es verdad o es mentira que cuando no teníamos nada para comer comíamos cuido para perros? –decía Elkin mirando a Martín.

—¡Muy duro, muy duro! –respondía el servil afirmando con la cabeza.

—¿Miento cuando digo que una vez en Andes (pueblo de Antioquia), un duende salió de un escaparate y me pateó en la espinilla?

—Cierto, cierto –decía Martín con su cara más convincente.

Y es que Elkin cree en estas güevonadas y se inventa unas cosas… Me dice que en la casa en Medellín, donde vive su mamá, habita un ente que lo cuida. A veces desde la calle lo ve en la ventana de su pieza, grandísimo y con capa. Así mismo, para explicar por qué en las giras tiene que dormir siempre en pieza aparte, en la suite del hotel, aduce que es para no molestar a nadie, pues duerme con la luz prendida desde que fue violado de niño. Y sí, muy chismoso yo, pero… ¿Miento cuando digo lo que digo Martín?

Martín al fin y al cabo tiene una nobleza que le conozco. Siempre se hacía a un lado de la tarima para que todo saliera bien, pendiente de cualquier percance y que no le faltara “al viejito” su brebaje caliente: miel con brandy. Elkin al final de los conciertos se iba para la batería a hacer fieros conmigo ¡Qué rockeros! Y como yo también tenía mi vaso de brandy al lado de los tambores, le hacía muecas y risas ¡Qué rockeros tan borrachos!

En algunas ocasiones la juerga después del concierto terminaba en puteaderos. Elkin, Martín y yo, en lugares de prostitución. Yo, la verdad me muero de susto con estas mujeres y no se me para, me resignaba a bailar y a charlar con alguna de ellas.

—Yo soy el baterista de Kraken –me presentaba.

—¿Sí? ¡Y quién es ese!

En una ocasión sacaron a Elkin a empujones de la pieza. Martín fue a buscarlo mientras la chica le gritaba vulgaridades al Titán. La leyenda quería meterle su espadita por el culito a la putica.

—¡Qué pasa viejito, cuál es el problema! –lo asiste Martín preocupado.

—¡Viejito, a las putas hay que darles por el culo porque tienen la chimba podrida! –explicaba el borracho.

Elkin, a mí no me importa que te guste ir de putas, bien, pero lo que no soporto es la hipocresía. Te parás en medio de un concierto en el Teatro Colón de Cali a decir que a ese lugar van puros encorbatados a escuchar música clásica y que después se van a una cantina a sentar una puta en sus rodillas. ¿Y qué importa, si vos les das por el culo? ¡O es que tu rock es más digno que la música de las cantinas! Yo no creo.

Su imagen se me fue cayendo, aunque tenga que decir muchas cosas buenas suyas. Primero que me hizo estrella de rock. Aunque nunca me creo nada, fue un sueño de luces, de reconocimiento, ¡de mujeres carajo! Vos sos un hombre trabajador, con una fe ciega por lo que hacés, será por eso que no te quitas esas gafas negras o será porque atenúan tu cara de rey azteca, cada vez más robusta. Pero en todo caso tenés buen sentido melódico, las letras son otra cosa, pero suenan bien tus canciones. Otra cosa, los rockeros tienen fama de drogos y vos no lo sos. Ni marihuana, ni perico, ni nada, fuera del alcohol, nada, me consta. A veces en las rumbas con esas “Aves negras” (nombre abyecto con el que bautizaste a tus seguidores, pobres pendejos llenos de taches y prendas negras), se llegaba al punto de confianza para ofrecerte algún incentivo: un pasecito por ejemplo, vos lo rechazabas, yo no.

Hay qué decir que yo no tocaba gratis, ni ninguno en la banda. Reuní algún dinerito que juicioso ahorré. Aunque fue precisamente ese punto el neurálgico, lo que empeoró las cosas y abrió la brecha definitiva de la disolución. Ya sospechábamos los muchachos de ese tonito justiciero con que repartías las ganancias. “Tus doscientos, tus doscientos, tus doscientos, tus doscientos y mis doscientos”. Sabíamos y entendíamos que Elkin ganara más que nosotros, ¡Eh! Pero no tanto. En una de esas, veníamos de un concierto de Bucaramanga. El empresario feliz por las ganancias del concierto nos llevaba en su carro hacia el aeropuerto. Solo estábamos los cuatro músicos. Se le salió esta joyita al señor:

—Hey muchachos, cuando hacemos otro conciertico, pero me lo dejan por los mismos seis milloncitos.

Recuerdo que yo iba adelante y de inmediato busque en el retrovisor las miradas de mis compañeros, ahí estaban todas en comunión. ¿Cómo? ¡Seis millones, y según eso cobraba más! Le respondimos al señor que claro, que con mucho gusto. No le mostramos nuestra sorpresa. Al que se la mostramos fue a Elkin en Medellín, le expusimos el caso y lo negó rotundo. Nos mostraba papeles de pago: dos millones quinientos. No nos creas tan pendejo, ese es la mitad que siempre pedís por adelantado. Y enredó tanto las cosas, que inculpó a su lacayo, a Martín, quién pagó los platos rotos. Lo echó sin contemplación. Al otro día nos llamó ofendidísimo: “¡Con que me sacaron de la banda!”. Ni siquiera tu jefe se achacó la decisión y nos chutó la pelota. Grave error, aunque ni tanto porque las consecuencias no fueron importantes. Martín nos citó a los músicos para una reunión cargada de resentimiento, de odio, de venganza. Después de servirle como un siervo a su dios, éste lo echó como a un perro. Martín nos explicaba con papeles en mano los secretos que los unían a él y a su maestro.

—¿Se acuerdan de este concierto para la secretaría de educación de Bogotá por dos millones de pesos? Vean el contrato: doce millones de pesos.

Cualquiera se enreda ¿no? Dos: doce. Diciéndose rapidito no se nota la diferencia. Y continuó con la seguidilla de confesiones. El concierto en Ecuador que era dizque promoción, por ende gratis, fue cancelado con dos mil dólares, y él tan buena gente por las calles de Quito nos regaló unos sucres dizque con la plata que le había mandado su hermanita.

—Tomen viejitos, para que se compren unas medias.

“Tan querido”, pensábamos nosotros. En otra canción hice un jingle con él para una empresa de zapatos: Zodiak. Como esa empresa estaba colaborando con la plata para el disco, ese trabajo era gratis y sin embargo el viejito me dio cien mil pesos. Martín me muestra la factura: cobró cuatro millones. Pero de toda la lista que desnudó Martín, una en especial nos dejó extasiados. Huella y Camino fue el segundo disco nuestro con el Titán. Álbum en concierto, aunque en honor a la verdad, lo único que quedó en el disco de esos conciertos en Bogotá y Medellín, fue la batería, el resto se volvió a grabar todo en Lamanoestudio, el estudio que tengo con David. Las voces originales de Elkin estaban en extremo desafinadas. Yo produje todas las voces. Había que cantarlas igual al concierto, pues por los micrófonos de la batería y los del público se filtraba su voz, entonces los comentarios y la interpretación debía ser igual. Era gracioso seguir su sobre actuada actitud al frente mío, separados por un vidrio, sin público y con sus jadeos de fingido cansancio. Su voz ya no es la de antes, su falsete alto en ocasiones suena como el mejicano Chabelo, pero con un poco de delay y reverb se maquilla. El caso es que estábamos en Bogotá para el lanzamiento de este, el Disco de Oro de Kraken, del cual no vimos un peso de regalías ni del concierto. En una inmensa bodega repleta de gente fue el suceso. Estábamos en el camerino esperando para salir cuando llegó Elkin y Martín con cara de tragedia.

—Muchachos, estamos en problemas, –tras un largo silencio, Elkin sigue el comunicado– ¡Falsificaron la boletería! –Y hace pucheros en su mejor intento por mostrarse molesto– Ustedes verán si tocamos, esto está lleno –remata su actuación.

Pero hombre, para que son los compañeros y sobre todo si tienen unas pelotas tan grandes como para rebotar en ellas, venga rebotemos todos y hagamos el concierto, no te preocupés. Además con todos nuestros instrumentos en el escenario si cancelamos nos pueden joder todo ¡Pobrecito! Y estaba que se arrodillaba para agradecernos. El concierto fue todo un éxito. Martín nos dice que en esa, hasta él salió tumbado. Elkin y el empresario Bogotano se llenaron los bolsillos con el cuento de la falsificación.

Después de escuchar los testimonios de Martín quedamos todos como si hubiéramos visto un ovni, uno de esos en que cree Elkin y él manejándolo gritándonos desde las alturas: ¡Güevones, güevones!

“No, ya no es tiempo de hablar”. Podíamos haber perdonado la estupidez, la ingenuidad, la egolatría, como veníamos haciéndolo, pero la estafa peleaba con nuestra dignidad. En la reunión que le citamos Juan no tuvo piedad. “¡Ladrón!” le gritó en la cara y se movió su pelo y se sacudieron sus cachetes; sus ojos como siempre ocultos por los lentes negros. No dijo ni mu, qué iba a decir.

No le guardo rencor, me dio la posibilidad de ser una estrella del rock, aunque una de poco brillo detrás de su capa. Las mariposas que se levantaron sobre el humo es el bello recuerdo que revolotea sin odio. Aunque debo decir que me entra un vientecito cuando recuerdo lo que pasó en Buga. Borrachos después de un concierto, fuimos a buscar comida, Elkin, Martín, y yo. Cuando entramos a un restaurante a las 3 am. Los comensales que había en el lugar con pinta de paramilitares, dijeron socarrones. “¡Ve, llegó Soda Estéreo!”. Elkin que menosprecia a todas las bandas latinoamericanas y al verse respaldado por su lacayo, empezó a hacerles fieritos a los corpulentos señores desde nuestra mesa. Yo lo veía como cuando el más bravucón de la clase retaba a otro a pelear a la salida. Cuando me embutía una presa de pollo sentí cómo tembló el lugar. No me había dado cuenta de que Elkin se había levantado de su silla y entre tres tipos lo tenían en el suelo y agarrado de las mechas que le quedan (en todo caso más que a mí), propinándole puñetazos, patadas y correazos. Martín solo podía mirar, paralizado por el terror. Me paré y traté de calmar a los tipos que no cedían.

—¿Cómo nos estabas diciendo? ¡Repetí pues maricón, ve! –decía encolerizado uno de ellos.

Casi lo matan, pero lo salvé. Una más que me debe. Le fracturaron dos costillas, le marcaron por todo el cuerpo los correazos, le pusieron un ojo picho y casi lo dejan calvo. No puedo negar que lo disfruté y lo disfruto, como una venganza que no ejecuté. Pero ya sin pasión, a la distancia de los años y con agradecimiento, me despido con una de las favoritas del público: “No me hables de amor”.