jueves, 30 de septiembre de 2010

A propósito del FICIB

Las canciones son un misterio. Si he de aceptar alguna brecha metafísica, prefiero esa incomprensible mezcla de música y letra que te aleja o te acerca. Un botón de play puede hacer de máquina del tiempo, regocijarte en un útero salvador, puede darte una patada de adrenalina en el trasero, puede asquearte del mundo. En cualquier lugar te pueden exorcizar intempestivamente, basta estar dentro de un bus o pasar por una esquina, y alguna cursi canción te saca de la ropa; después te montás en un taxi y otra indigerible, digamos, de Johnny Rivera, te saca del carro.
          —Señor, ¿le baja por favor a la música? –le digo al taxista de la manera más delicada, y responde complaciente.
          —Ah, ¿no le gusta de esta? –y me cambia el dial a otro que reza: metelo papi, metelo –esa sí le gusta?
          —Sí, déjela ahí. –digo resignado.
Qué le digo a este tipo, ¿Que si no conoce a Serrat, a Atahualpa, a Geddy Lee? Qué los va a conocer, y si los conociera tampoco le gustaría, cada quien llena su cesto con las mentiras que quiera para amasar sus verdades. Las canciones son mentirosas, un artilugio que busca desesperadamente agradar con risas o llanto. Los compositores y/o cantantes no las crean con algún fin altruista –el que se infiere-, cada uno quiere la gloria personal, poner la bandera con su nombre en lo más alto. Y vos tomás ese regalo, porque de todas maneras es un regalo –le aconsejo que lo acepte–. En el mejor de los casos te hace sentir una tristeza que no tenías, o te pone palabras en la boca, o te saca de rumba a bailar en la Alborada del Diablo.
Me gusta la música de los ochenta. No toda, pero casi todos los hits melosos. La escuchaba en secreto para no ser mirado mal por mi selecto grupo de amigos melómanos. En todo ese postre de música de mi adolescencia, la ochentera, era la cereza en la punta del helado. Cuando los pajazos eran enamorados y nunca pensaba que orión fuera a pasar más de cuarenta veces por mi cabeza, mirando cómo me pasaba la vida. La cereza a esa edad gusta más. Ahora miro con mi inglés de Intermedio I del Sena, las canciones. Si se quiere dar la cuchillada final a estas, tradúzcalas. Pero cada generación se encarga de ridiculizar a la anterior. No se preocupen jóvenes que ser anacrónico es cuestión de tiempo.
Y es que las canciones casi siempre hablan de lo mismo: XX y XY, o al revés; de vez en cuando explotan los juegos pirotécnicos de la poesía, o bienvenida sea, la filosofía, y entonces amasamos una verdad a favor nuestro, otra mentira con música y palabras que busca, a la velocidad del sonido, montarnos en una máquina de tiempo, donde el tempo se puede detener.